En el caso Loan Peña se llegó a considerar posibles culpables a siete personas sin que apareciera una evidencia sólida e independiente que permitiera explicar qué hizo concretamente cada una, quién se llevó a Loan, cómo fue trasladado, dónde estuvo después de desaparecer o adónde habría sido llevado. Esto no demuestra que las siete sean inocentes, pero sí obliga a reconocer algo bastante elemental: cuando se acusa a tantas personas sin poder reconstruir materialmente la participación individual de cada una, es perfectamente posible que varias, la mayoría o incluso todas sean inocentes. El problema aparece cuando, después de seleccionar a esas personas como sospechosas, se comienza a examinar todo lo que hicieron antes y después de la desaparición para encontrar comportamientos que confirmen el crimen, porque entonces cualquier conducta cotidiana puede adquirir retrospectivamente un significado incriminatorio: haber ido a una guardia médica, haber realizado una llamada, haber visitado a alguien, haber cambiado un horario, haber hecho un viaje o haber lavado una camioneta dejan de ser actividades que necesitan ser comprendidas dentro de su contexto y pasan a convertirse en partes de una historia criminal que ya estaba construida de antemano.
Ir a una guardia médica es una conducta perfectamente normal. Las personas van porque sienten dolor, porque se encuentran mal, porque necesitan una receta, porque acompañan a un familiar o simplemente porque están preocupadas por un síntoma que finalmente no resulta importante. Sin embargo, cuando sabemos que horas antes desapareció un niño y hemos decidido que quienes fueron a esa guardia participaron en su desaparición, la visita comienza a parecernos sospechosa: nos preguntamos si realmente necesitaban atención, si querían ser vistos, o si pretendían construir una coartada. El problema es que estas preguntas no nacen necesariamente de la conducta misma, sino de la hipótesis de culpabilidad que utilizamos para interpretarla. Exactamente lo mismo sucede con la conducta de lavar una camioneta. Todos los días se lavan miles de vehículos por razones completamente ordinarias, pero si suponemos primero que Loan fue transportado en la Ford Ranger, el lavado pasa inmediatamente a ser interpretado como un intento de eliminar rastros. En realidad, esa conclusión depende de aquello que todavía debe probarse: si Loan estuvo dentro del vehículo, el lavado podría adquirir relevancia; si nunca estuvo allí, continúa siendo simplemente el lavado de una camioneta. Y, como expliqué al analizar la odorología, el luminol y la cadena de custodia, no está demostrado con la certeza necesaria que Loan haya estado en la Ranger o en el Ford Ka. Por tanto, el lavado no prueba que el niño estuvo allí; solamente parece probarlo cuando aceptamos previamente como verdadera la misma hipótesis que queremos demostrar.
Éste es el peligro de buscar conductas confirmatorias tanto antes como después del supuesto crimen. Las conductas anteriores se reinterpretan como preparación y las posteriores como ocultamiento; si alguien hizo algo, se pregunta por qué lo hizo, y si no lo hizo, se pregunta por qué no lo hizo; si recuerda muchos detalles, parece que preparó su declaración, y si no los recuerda, parece que quiere ocultarlos; si se muestra tranquilo, su tranquilidad resulta fría y sospechosa, y si se muestra nervioso, sus nervios se convierten en una señal de culpabilidad. De esta manera la hipótesis se vuelve prácticamente imposible de refutar, porque cualquier comportamiento puede adaptarse a ella después de ocurrido el hecho. Ask, Rebelius y Granhag (2008) demostraron experimentalmente que una misma evidencia era considerada menos fiable cuando contradecía la sospecha previa de los investigadores y que, en ese caso, éstos generaban más argumentos para cuestionarla; denominaron “elasticidad” al margen que ofrecen determinadas pruebas para ser interpretadas subjetivamente y encontraron que el problema era especialmente intenso con las declaraciones de testigos. Cuanto más ambigua es una conducta, mayor es la facilidad con la que puede estirarse hasta hacerla encajar en la teoría preferida. Ir a una guardia médica y lavar un vehículo son conductas altamente elásticas porque por sí mismas no explican nada sobre la desaparición de Loan, pero pueden transformarse en "encubrimiento" si se las coloca dentro de una narración criminal previamente aceptada.
Kassin, Goldstein y Savitsky (2003) mostraron un mecanismo todavía más inquietante. Cuando los interrogadores comenzaban creyendo que el sospechoso era culpable elegían más preguntas que presuponían la culpabilidad, utilizaban más técnicas de interrogatorio, presionaban con mayor intensidad para obtener una confesión y terminaban interpretando la conducta del interrogado como más incriminatoria, pero la mayor presión se ejercía precisamente sobre los inocentes. Las personas inocentes, enfrentadas a un interrogador que no aceptaba sus negativas, se mostraban más defensivas, y esa reacción provocada por el propio interrogatorio podía ser interpretada por observadores externos como una nueva señal de culpabilidad. Se crea así un círculo vicioso: primero se presume que una persona es culpable, después se la interroga y se analizan sus actos desde esa presunción, luego la persona reacciona ante la presión y finalmente se utiliza su reacción para confirmar la sospecha inicial. Trasladado al caso Loan, esto significa que la supuesta extrañeza de una visita médica, una contradicción sobre un horario, una llamada o el lavado de la camioneta no puede evaluarse limpiamente si quienes realizan esa evaluación parten de la certeza de que existió una sustracción cometida por esas siete personas. No se está descubriendo necesariamente el significado de las conductas, sino que puede estar proyectándose sobre ellas el significado que exige la acusación.
La existencia de siete imputados introduce, además, otro problema. Cuando varias personas que probablemente pueden ser inocentes son acusadas de participar en un mismo crimen, se crea una situación en la que cada una tiene incentivos para alejar la sospecha de sí misma y dirigirla hacia las demás. Una persona puede llegar a pensar que no basta con negar su participación, porque la acusación ya ha decidido que el crimen ocurrió y que los responsables se encuentran dentro de ese grupo; su mejor posibilidad de salvarse puede parecer entonces aceptar una parte de la historia y atribuir la responsabilidad principal a otro acusado. Eso no significa que todas las acusaciones cruzadas sean falsas, pero sí que no pueden considerarse corroboraciones independientes sin examinar las presiones, la información compartida y los beneficios que cada persona podía obtener. Centola, Willer y Macy (2005) describieron cómo ciertas normas pueden volverse autorreforzadas incluso entre personas que privadamente no creen en ellas, y utilizaron el ejemplo de las cazas de brujas, en las que los acusados intentaban salvarse proporcionando los nombres de nuevos sospechosos. No estoy afirmando que el caso Loan sea literalmente una caza de brujas, sino que puede aparecer una dinámica semejante: acusar a otro se convierte en una forma de demostrar la propia inocencia y cada nueva acusación parece confirmar la existencia de una trama que, en realidad, puede estar siendo producida por la propia presión del sistema. La sucesión de versiones sobre el supuesto atropellamiento muestra precisamente ese peligro: una narración (ver, por ejemplo, la declaración reciente del excomisario Maciel) puede señalar a algunos imputados y liberar a otros sin que aparezca una prueba material independiente del accidente, como he explicado al analizar la posible estrategia para instalar aquella hipótesis.
En el caso Loan no alcanza con sumar la visita a una guardia médica, el lavado de una camioneta, llamadas, contradicciones, horarios, viajes y acusaciones cruzadas, porque muchos indicios débiles no se transforman automáticamente en una prueba fuerte y mucho menos cuando su significado depende de haber aceptado previamente que el crimen ocurrió de una forma determinada. La pregunta correcta no es cuántas conductas anteriores o posteriores pueden parecer sospechosas después de construir una historia, sino qué evidencia independiente demuestra primero el hecho que permite interpretarlas de esa manera. Antes de convertir la visita a una guardia en preparación y el lavado de un vehículo en encubrimiento hay que probar el crimen concreto que supuestamente estaban ocultando, porque de lo contrario no estaremos utilizando las conductas para descubrir qué ocurrió, sino utilizando una historia no demostrada para decidir qué significan todas las conductas.
Referencias
Ask, K., Rebelius, A. y Granhag, P. A. (2008). The “Elasticity” of Criminal Evidence: A Moderator of Investigator Bias. Applied Cognitive Psychology, 22, 1245-1259.
Centola, D., Willer, R. y Macy, M. (2005). The Emperor’s Dilemma: A Computational Model of Self-Enforcing Norms. American Journal of Sociology, 110, 1009-1040.
Kassin, S. M., Goldstein, C. C. y Savitsky, K. (2003). Behavioral Confirmation in the Interrogation Room: On the Dangers of Presuming Guilt. Law and Human Behavior, 27, 187-203.
No comments:
Post a Comment
You can comment / Usted puede comentar