Cuando desaparece un niño necesitamos una explicación, y cuanto más tiempo pasa sin encontrarlo más difícil parece aceptar que quizá no exista detrás de su desaparición una historia extraordinaria, un secuestro cuidadosamente preparado, una red de trata, un accidente seguido de un encubrimiento, un grupo de personas que se pone de acuerdo para ocultar lo ocurrido o cualquier otra explicación que permita ordenar los hechos en una narración con culpables, motivos y acciones comprensibles. La posibilidad mucho más sencilla de que un niño pequeño se haya separado de los adultos, haya tomado un camino equivocado y se haya perdido por un descuido parece casi insoportable después de tantos meses, tantas noticias, tantos sospechosos y tantas horas de televisión. Sin embargo, que una explicación nos resulte psicológicamente insatisfactoria no significa que sea falsa, del mismo modo que una explicación compleja, terrible y llena de personajes sospechosos no se vuelve verdadera porque resulte más interesante. En el caso de Loan Peña hemos visto aparecer sucesivamente distintas explicaciones sobre lo ocurrido, algo que ya comenté en este blog al analizar qué estaba realmente probado y qué seguía necesitando explicación: se habló de trata, posteriormente de un supuesto atropellamiento y ocultamiento del niño y después de un plan previo de sustracción, y cada una de esas explicaciones fue presentada en distintos momentos con una fuerza que podía hacer pensar al público que finalmente se había encontrado la clave del caso. Pero las hipótesis cambiaron. Eso debería enseñarnos algo muy sencillo: una hipótesis de investigación, incluso cuando es considerada la mejor disponible por investigadores, fiscales o jueces en una determinada etapa, no es lo mismo que el hecho que finalmente ocurrió.
Existe además una razón por la cual las explicaciones más dramáticas tienen ventaja sobre las más sencillas: nosotros mismos las hacemos más atractivas. No hace falta suponer una conspiración de periodistas ni imaginar que alguien decide conscientemente engañar al público. La investigación sobre el funcionamiento de los medios muestra algo bastante más cotidiano. Harcup y O’Neill (2016), al estudiar qué convierte un acontecimiento en noticia, incluyen entre los valores que favorecen su selección la mala noticia, el conflicto, la sorpresa, el drama, la continuidad de una historia que ya está en los medios y, en el entorno digital, su capacidad para ser compartida. Una desaparición infantil que pudiera explicarse simplemente por un niño que se alejó demasiado y no consiguió regresar tendría una enorme importancia humana, por supuesto, pero proporciona pocos capítulos nuevos una vez relatada la desaparición y las búsquedas; en cambio una trama con sospechosos, declaraciones contradictorias, detenciones, supuestos pactos, vehículos sospechosos, llamadas telefónicas, perros, pruebas periciales y posibles encubrimientos puede producir novedades casi indefinidamente. No es necesariamente una decisión maliciosa del medio, es también la lógica de aquello que consigue mantener nuestra atención.
Segado-Boj, Chaparro-Domínguez y González-Aguilar (2022), estudiando miles de publicaciones de diarios españoles en Facebook, encontraron precisamente que los artículos más compartidos presentaban significativamente más rasgos sensacionalistas. Tandoc (2014), observando directamente el funcionamiento de redacciones digitales, mostró además hasta qué punto las métricas de audiencia pueden incorporarse a las decisiones editoriales: los periodistas saben inmediatamente qué historias atraen tráfico, cuáles funcionan y cuáles dejan de hacerlo, y esa información puede influir en qué se destaca, cuánto tiempo permanece una noticia en portada o incluso qué titulares se utilizan. Los medios quieren que los veamos, los leamos y los escuchemos porque, entre otras cosas, viven de tener audiencia; pero sería demasiado fácil culpar únicamente a los medios, porque también nosotros hacemos clic.
De hecho, quizá ésta sea una de las partes más incómodas del problema. Trussler y Soroka (2014) encontraron que las personas podían manifestar que querían menos noticias negativas y, sin embargo, cuando tenían que elegir realmente qué leer, seleccionaban con mayor frecuencia contenidos negativos. Dicho de una manera mucho más sencilla: podemos decir que estamos cansados del horror y al mismo tiempo prestar más atención al horror. Esto no demuestra específicamente que ante la desaparición de un niño prefiramos creer en un secuestro antes que en un extravío, porque ésa no era la pregunta de su investigación, pero sí muestra un mecanismo que puede ayudarnos a comprender por qué determinadas explicaciones tienen más facilidad para capturar nuestra atención. A ello puede sumarse otro fenómeno estudiado por Hart y sus colaboradores (2009): una vez formada una opinión tendemos, en promedio, a elegir información compatible con aquello que ya creemos antes que información que lo contradice. Así se puede formar un círculo bastante difícil de romper. Si una persona llega a convencerse de que Loan fue víctima de una organización criminal, tenderá a considerar especialmente importantes las noticias que refuerzan esa posibilidad; si otra está convencida de la culpabilidad de determinadas personas, las contradicciones, llamadas o movimientos de esas personas adquirirán inmediatamente un significado incriminatorio; y si aparece un dato que no encaja bien, siempre puede parecer menos importante que los muchos datos que sí parecen encajar. No necesitamos hacerlo conscientemente. Ésa es precisamente la dificultad de los sesgos cognitivos: no consisten necesariamente en mentir, sino en mirar una realidad ambigua desde una explicación que ya hemos adoptado.
Y aquí aparece la pregunta quizá más delicada: ¿puede suceder lo mismo dentro de una investigación policial? Puede suceder, porque policías, fiscales y jueces son seres humanos y tampoco están inmunizados contra estas formas de razonamiento. Meterko y Cooper (2021), después de revisar treinta investigaciones científicas sobre sesgos cognitivos en la evaluación de casos criminales, concluyeron que tanto personas comunes como profesionales de las fuerzas de seguridad pueden ser vulnerables al sesgo de confirmación. Este sesgo, explicado sin terminología psicológica, consiste en algo muy sencillo: cuando comenzamos a creer que una explicación es correcta prestamos más atención a aquello que la confirma, podemos interpretar de acuerdo con ella datos ambiguos y corremos el riesgo de dar menos importancia a aquello que la contradice. Ask y Granhag (2005) estudiaron precisamente este problema en investigadores criminales y señalan otro concepto especialmente relevante, la necesidad de cierre: la necesidad de llegar a una respuesta y dejar de vivir en la incertidumbre. La presión temporal y la exigencia de tomar decisiones pueden favorecer ese cierre; una vez adoptada una primera explicación, existe el peligro de buscar sobre todo aquello que permita confirmarla. Esto no significa que los investigadores del caso Loan hayan actuado de esa manera y sería incorrecto utilizar investigaciones generales para diagnosticar a personas concretas que esos autores jamás estudiaron. Significa simplemente que es una posibilidad conocida científicamente y que precisamente por eso una buena investigación debería hacer algo incómodo pero imprescindible: intentar demostrar que su propia hipótesis es falsa, buscar aquello que no encaja, mantener abiertas explicaciones alternativas y preguntarse continuamente qué dato esperaríamos encontrar si nuestra explicación estuviera equivocada.
También conviene evitar otra simplificación: hablar de “la policía” como si decidiera autónomamente qué historia quiere demostrar. La investigación de Mariana Gutiérrez (2022) sobre la investigación criminal federal en Argentina muestra un sistema bastante más complejo, donde policías, fiscales y jueces interactúan, donde existe discrecionalidad pero también instrucciones y controles y donde las decisiones de los operadores judiciales pueden estar influidas por demandas procedentes del gobierno y de la opinión pública. La autora señala además la influencia que pueden tener las presiones de los medios de comunicación. Esto permite reformular la pregunta. Quizá no debamos preguntar simplemente si “la policía quiere resolver rápido”, sino qué ocurre cuando todo un sistema necesita una respuesta rápida: la familia necesita saber, la sociedad exige explicaciones, los periodistas necesitan novedades, las autoridades necesitan mostrar resultados, los investigadores necesitan decidir dónde emplear recursos limitados y los jueces y fiscales tienen que tomar decisiones procesales. En ese ambiente, admitir durante mucho tiempo “todavía no sabemos qué ocurrió” resulta extremadamente difícil. Y, sin embargo, a veces ésa puede ser la respuesta más rigurosa. La incertidumbre no vende bien, no tranquiliza a la sociedad y tampoco proporciona la sensación de eficacia que esperamos de las instituciones, pero ninguna de esas cosas convierte una hipótesis en verdadera.
En la resolución del Juzgado Federal de Goya de diciembre de 2024 aparece con claridad la posición de la acusación: se consideró que Loan no se había extraviado y que los elementos reunidos apoyaban una sustracción y posterior ocultamiento. Entre los elementos valorados aparecen los extensos rastrillajes realizados sin hallar al niño y diferentes indicios y comportamientos considerados compatibles con la hipótesis acusatoria. Es importante decirlo porque sostener que el extravío sigue mereciendo consideración no exige ocultar que existe una explicación judicial diferente, ni ignorar las pruebas utilizadas para apoyarla. Pero también es importante recordar qué significa cada cosa. Que un rastrillaje no encuentre a una persona reduce la plausibilidad de determinados recorridos o lugares y constituye un dato que debe ser valorado, pero no transforma por sí solo la ausencia de hallazgo en prueba directa de una sustracción. Del mismo modo, una conducta extraña puede ser un indicio y una contradicción puede merecer investigación, pero ninguna de las dos cosas nos muestra directamente qué ocurrió con Loan en el momento en que dejó de ser visto. El propio expediente contiene versiones contrapuestas sobre aquel tramo fundamental de los acontecimientos, y precisamente por eso resulta tan importante no confundir una reconstrucción posible con una observación del hecho. En una investigación criminal casi nunca observamos el delito directamente: reconstruimos lo sucedido a partir de rastros, declaraciones, conductas y pericias. Cuanto más ambigua sea una pieza de información, mayor debe ser el cuidado para no convertir “esto es compatible con mi hipótesis” en “esto demuestra mi hipótesis”.
Por eso creo que hay una hipótesis que ha quedado relegada no necesariamente porque haya sido definitivamente refutada, sino porque es la menos atractiva de todas: que Loan se haya perdido. No estoy diciendo que esto sea lo que ocurrió. Tampoco estoy diciendo que sea más probable que una sustracción, un accidente seguido de ocultamiento o la intervención de terceros (aunque nada de esto ha sido probado según tengo entendido). Estoy diciendo algo mucho más modesto y, precisamente por eso, más difícil de aceptar: hoy no sabemos con certeza qué ocurrió con Loan. Mientras una hipótesis no haya sido descartada mediante evidencia suficientemente concluyente y otra no haya sido demostrada de manera igualmente concluyente, una investigación orientada a averiguar la verdad debe conservar la capacidad de reconsiderarla. En ese sentido —como hipótesis de trabajo, no como hecho demostrado— que Loan se haya alejado y perdido accidentalmente sigue siendo hoy tan válida para ser examinada como cualquier otra explicación que todavía necesite ser demostrada. Que cientos de personas hayan buscado y no lo hayan encontrado es un dato contra esa posibilidad y debe ser tenido en cuenta; que una hipótesis de sustracción haya sido adoptada judicialmente es también un dato que no debe minimizarse; pero ninguna de esas cosas nos autoriza a sustituir la pregunta “¿qué ocurrió?” por la afirmación “ya sabemos qué ocurrió” antes de que las pruebas permitan hacerlo.
Tal vez el caso Loan nos esté mostrando además algo que va mucho más allá de esta tristísima desaparición. Ante un acontecimiento terrible queremos una historia completa y cuanto más incomprensible es lo sucedido más necesitamos encontrar causas, responsables y motivos. Los medios encuentran en esas historias drama, conflicto, sorpresa y continuidad; nosotros encontramos algo que mirar, discutir y compartir; los investigadores trabajan sometidos a la exigencia de producir respuestas y el sistema judicial necesita transformar incertidumbres en decisiones. Todos podemos terminar empujando, sin habernos puesto de acuerdo, en la misma dirección: hacia una historia cada vez más definida. Pero investigar no debería solamente significar construir la mejor historia, sino también intentar destruirla y comprobar si sobrevive. Si creemos que hubo una sustracción debemos buscar seriamente aquello que demostraría que no la hubo; si creemos que hubo un accidente debemos intentar demostrar que esa explicación es imposible; y si creemos que Loan simplemente se perdió debemos someter también esa hipótesis a la misma exigencia. La mejor hipótesis no es la más terrible, la más sencilla, la que más audiencia consigue ni la que permite cerrar antes un expediente. Es la que finalmente resiste mejor el intento de demostrar que es falsa. Hasta entonces, la frase menos espectacular puede seguir siendo la más honesta: todavía no sabemos qué pasó con Loan.
Bibliografía utilizada
Ask, K. y Granhag, P. A. (2005). Motivational Sources of Confirmation Bias in Criminal Investigations: The Need for Cognitive Closure. Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling, 2, 43-63.
Gutiérrez, M. (2022). ¿Quién conduce las investigaciones criminales? Discrecionalidad policial y delegación selectiva a nivel federal en Argentina. La Policía de Seguridad Aeroportuaria en perspectiva comparada (2005-2019). Tesis doctoral, Universidad Nacional de San Martín.
Harcup, T. y O’Neill, D. (2016). What is News? News Values Revisited (Again). Journalism Studies.
Hart, W., Albarracín, D., Eagly, A. H., Brechan, I., Lindberg, M. J. y Merrill, L. (2009). Feeling Validated Versus Being Correct: A Meta-Analysis of Selective Exposure to Information. Psychological Bulletin, 135(4), 555-588.
Meterko, V. y Cooper, G. (2021). Cognitive Biases in Criminal Case Evaluation: A Review of the Research. Journal of Police and Criminal Psychology.
Segado-Boj, F., Chaparro-Domínguez, M. Á. y González-Aguilar, J. M. (2022). Diarios españoles en Facebook y engagement: temas, valores noticiosos, sensacionalismo y reacciones emocionales. Estudios sobre el Mensaje Periodístico, 28(2), 417-431.
Tandoc, E. C. Jr. (2014). Journalism is twerking? How web analytics is changing the process of gatekeeping. New Media & Society.
Trussler, M. y Soroka, S. (2014). Consumer Demand for Cynical and Negative News Frames. The International Journal of Press/Politics, 19(3), 360-379.
Juzgado Federal de Goya (2024). Resolución 661/2024, causa FCT 2157/2024, “Benítez, Bernardino Antonio y otros s/sustracción de menores de 10 años”.
Espacio Exterior (2 de septiembre de 2026). Caso Loan Peña: qué está probado y qué todavía necesita explicación.
