EN PRIMER PLANO
Lectura recomendada de Espacio Exterior

CASO LOAN PEÑA: "NO, NO ESTÁ PROBADO QUE LOAN ESTUVO EN LOS VEHÍCULOS DE PÉREZ Y CAILLAVA, NI TAMPOCO QUE EL BOTÍN FUE PLANTADO"

  (Foto: El fiscal Carlos Schaefer) Hay dos cosas en el caso Loan que durante mucho tiempo fueron repetidas, incluso por la fiscalía, casi c...

Sunday, September 20, 2026

CASO LOAN PEÑA: CUANDO TODA CONDUCTA ANTERIOR O POSTERIOR SE CONVIERTE EN CONFIRMACIÓN DEL CRIMEN

En el caso Loan Peña se llegó a considerar posibles culpables a siete personas sin que apareciera una evidencia sólida e independiente que permitiera explicar qué hizo concretamente cada una, quién se llevó a Loan, cómo fue trasladado, dónde estuvo después de desaparecer o adónde habría sido llevado. Esto no demuestra que las siete sean inocentes, pero sí obliga a reconocer algo bastante elemental: cuando se acusa a tantas personas sin poder reconstruir materialmente la participación individual de cada una, es perfectamente posible que varias, la mayoría o incluso todas sean inocentes. El problema aparece cuando, después de seleccionar a esas personas como sospechosas, se comienza a examinar todo lo que hicieron antes y después de la desaparición para encontrar comportamientos que confirmen el crimen, porque entonces cualquier conducta cotidiana puede adquirir retrospectivamente un significado incriminatorio: haber ido a una guardia médica, haber realizado una llamada, haber visitado a alguien, haber cambiado un horario, haber hecho un viaje o haber lavado una camioneta dejan de ser actividades que necesitan ser comprendidas dentro de su contexto y pasan a convertirse en partes de una historia criminal que ya estaba construida de antemano.

Ir a una guardia médica es una conducta perfectamente normal. Las personas van porque sienten dolor, porque se encuentran mal, porque necesitan una receta, porque acompañan a un familiar o simplemente porque están preocupadas por un síntoma que finalmente no resulta importante. Sin embargo, cuando sabemos que horas antes desapareció un niño y hemos decidido que quienes fueron a esa guardia participaron en su desaparición, la visita comienza a parecernos sospechosa: nos preguntamos si realmente necesitaban atención, si querían ser vistos, o si pretendían construir una coartada. El problema es que estas preguntas no nacen necesariamente de la conducta misma, sino de la hipótesis de culpabilidad que utilizamos para interpretarla. Exactamente lo mismo sucede con la conducta de lavar una camioneta. Todos los días se lavan miles de vehículos por razones completamente ordinarias, pero si suponemos primero que Loan fue transportado en la Ford Ranger, el lavado pasa inmediatamente a ser interpretado como un intento de eliminar rastros. En realidad, esa conclusión depende de aquello que todavía debe probarse: si Loan estuvo dentro del vehículo, el lavado podría adquirir relevancia; si nunca estuvo allí, continúa siendo simplemente el lavado de una camioneta. Y, como expliqué al analizar la odorología, el luminol y la cadena de custodia, no está demostrado con la certeza necesaria que Loan haya estado en la Ranger o en el Ford Ka. Por tanto, el lavado no prueba que el niño estuvo allí; solamente parece probarlo cuando aceptamos previamente como verdadera la misma hipótesis que queremos demostrar.

Éste es el peligro de buscar conductas confirmatorias tanto antes como después del supuesto crimen. Las conductas anteriores se reinterpretan como preparación y las posteriores como ocultamiento; si alguien hizo algo, se pregunta por qué lo hizo, y si no lo hizo, se pregunta por qué no lo hizo; si recuerda muchos detalles, parece que preparó su declaración, y si no los recuerda, parece que quiere ocultarlos; si se muestra tranquilo, su tranquilidad resulta fría y sospechosa, y si se muestra nervioso, sus nervios se convierten en una señal de culpabilidad. De esta manera la hipótesis se vuelve prácticamente imposible de refutar, porque cualquier comportamiento puede adaptarse a ella después de ocurrido el hecho. Ask, Rebelius y Granhag (2008) demostraron experimentalmente que una misma evidencia era considerada menos fiable cuando contradecía la sospecha previa de los investigadores y que, en ese caso, éstos generaban más argumentos para cuestionarla; denominaron “elasticidad” al margen que ofrecen determinadas pruebas para ser interpretadas subjetivamente y encontraron que el problema era especialmente intenso con las declaraciones de testigos. Cuanto más ambigua es una conducta, mayor es la facilidad con la que puede estirarse hasta hacerla encajar en la teoría preferida. Ir a una guardia médica y lavar un vehículo son conductas altamente elásticas porque por sí mismas no explican nada sobre la desaparición de Loan, pero pueden transformarse en "encubrimiento" si se las coloca dentro de una narración criminal previamente aceptada.

Kassin, Goldstein y Savitsky (2003) mostraron un mecanismo todavía más inquietante. Cuando los interrogadores comenzaban creyendo que el sospechoso era culpable elegían más preguntas que presuponían la culpabilidad, utilizaban más técnicas de interrogatorio, presionaban con mayor intensidad para obtener una confesión y terminaban interpretando la conducta del interrogado como más incriminatoria, pero la mayor presión se ejercía precisamente sobre los inocentes. Las personas inocentes, enfrentadas a un interrogador que no aceptaba sus negativas, se mostraban más defensivas, y esa reacción provocada por el propio interrogatorio podía ser interpretada por observadores externos como una nueva señal de culpabilidad. Se crea así un círculo vicioso: primero se presume que una persona es culpable, después se la interroga y se analizan sus actos desde esa presunción, luego la persona reacciona ante la presión y finalmente se utiliza su reacción para confirmar la sospecha inicial. Trasladado al caso Loan, esto significa que la supuesta extrañeza de una visita médica, una contradicción sobre un horario, una llamada o el lavado de la camioneta no puede evaluarse limpiamente si quienes realizan esa evaluación parten de la certeza de que existió una sustracción cometida por esas siete personas. No se está descubriendo necesariamente el significado de las conductas, sino que puede estar proyectándose sobre ellas el significado que exige la acusación.

La existencia de siete imputados introduce, además, otro problema. Cuando varias personas que probablemente pueden ser inocentes son acusadas de participar en un mismo crimen, se crea una situación en la que cada una tiene incentivos para alejar la sospecha de sí misma y dirigirla hacia las demás. Una persona puede llegar a pensar que no basta con negar su participación, porque la acusación ya ha decidido que el crimen ocurrió y que los responsables se encuentran dentro de ese grupo; su mejor posibilidad de salvarse puede parecer entonces aceptar una parte de la historia y atribuir la responsabilidad principal a otro acusado. Eso no significa que todas las acusaciones cruzadas sean falsas, pero sí que no pueden considerarse corroboraciones independientes sin examinar las presiones, la información compartida y los beneficios que cada persona podía obtener. Centola, Willer y Macy (2005) describieron cómo ciertas normas pueden volverse autorreforzadas incluso entre personas que privadamente no creen en ellas, y utilizaron el ejemplo de las cazas de brujas, en las que los acusados intentaban salvarse proporcionando los nombres de nuevos sospechosos. No estoy afirmando que el caso Loan sea literalmente una caza de brujas, sino que puede aparecer una dinámica semejante: acusar a otro se convierte en una forma de demostrar la propia inocencia y cada nueva acusación parece confirmar la existencia de una trama que, en realidad, puede estar siendo producida por la propia presión del sistema. La sucesión de versiones sobre el supuesto atropellamiento muestra precisamente ese peligro: una narración (ver, por ejemplo, la declaración reciente del excomisario Maciel) puede señalar a algunos imputados y liberar a otros sin que aparezca una prueba material independiente del accidente, como he explicado al analizar la posible estrategia para instalar aquella hipótesis.

En el caso Loan no alcanza con sumar la visita a una guardia médica, el lavado de una camioneta, llamadas, contradicciones, horarios, viajes y acusaciones cruzadas, porque muchos indicios débiles no se transforman automáticamente en una prueba fuerte y mucho menos cuando su significado depende de haber aceptado previamente que el crimen ocurrió de una forma determinada. La pregunta correcta no es cuántas conductas anteriores o posteriores pueden parecer sospechosas después de construir una historia, sino qué evidencia independiente demuestra primero el hecho que permite interpretarlas de esa manera. Antes de convertir la visita a una guardia en preparación y el lavado de un vehículo en encubrimiento hay que probar el crimen concreto que supuestamente estaban ocultando, porque de lo contrario no estaremos utilizando las conductas para descubrir qué ocurrió, sino utilizando una historia no demostrada para decidir qué significan todas las conductas.

Referencias

Ask, K., Rebelius, A. y Granhag, P. A. (2008). The “Elasticity” of Criminal Evidence: A Moderator of Investigator Bias. Applied Cognitive Psychology, 22, 1245-1259.

Centola, D., Willer, R. y Macy, M. (2005). The Emperor’s Dilemma: A Computational Model of Self-Enforcing Norms. American Journal of Sociology, 110, 1009-1040.

Kassin, S. M., Goldstein, C. C. y Savitsky, K. (2003). Behavioral Confirmation in the Interrogation Room: On the Dangers of Presuming Guilt. Law and Human Behavior, 27, 187-203.

CASO MADELEINE MCCANN: EL PRINCIPAL SOSPECHOSO ADMITE QUE ESTABA A UNOS 137 METROS DEL APARTAMENTO VACACIONAL DE LA FAMILIA LA NOCHE DEL SECUESTRO

Extractos de la nota de Rainer Burkard y Abul Taher publicada el 20 de septiembre de 2026 en el Daily Mail

El principal sospechoso del caso Madeleine McCann ha admitido que se encontraba a apenas unos 137 metros de su apartamento vacacional la noche en que fue secuestrada.

En una entrevista con The Mail on Sunday, el violador y pedófilo condenado Christian Brueckner, de 49 años, también afirmó que la policía detuvo tres veces su furgoneta más tarde aquella noche, mientras realizaba una "rápida huida", pero que le permitieron continuar sin registrarla.

Hasta ahora, el ciudadano alemán, que niega estar implicado en el caso de la niña de tres años (casi 4), se había negado a hablar de dónde se encontraba cuando ella desapareció del apartamento de su familia en el complejo Ocean Club de Praia da Luz, Portugal, el 3 de mayo de 2007.

En ese momento, sus padres, Gerry y Kate McCann, estaban cenando con unos amigos a unos 70 metros de distancia. 

Brueckner declaró que "estaba en la playa, no muy lejos del apartamento de Maddie, vendiendo drogas. Había estado en España y había introducido la marihuana de contrabando en Portugal [...] Incluso la policía me detuvo tres veces en la calle [en Praia da Luz] mientras buscaba a Maddie [...] Por suerte, no encontraron las drogas. Mi furgoneta estaba llena de ellas [...] Estaba huyendo rápidamente; había luces azules intermitentes y controles por todas partes. Simplemente pensé: 'Sáquenme de aquí'".

Al explicar por qué había guardado silencio sobre el asunto hasta ahora, Brueckner dijo: "Me he mantenido callado porque la policía quiere incriminarme por lo de Maddie". 

En 2020, Brueckner fue señalado como el principal sospechoso del caso por la fiscalía alemana. Los fiscales afirmaron que tenían "pruebas concretas" contra él, pero no suficientes para conseguir una condena. En 2007, Brueckner pasaba temporadas con frecuencia en Portugal, y un teléfono móvil vinculado a él fue localizado cerca del alojamiento de los McCann la noche en que Madeleine desapareció. 

Brueckner salió de una prisión alemana en septiembre del año pasado, después de cumplir seis años de condena por la violación de una mujer estadounidense de 72 años en Praia da Luz. Posteriormente, fue sometido a vigilancia las 24 horas del día. Por otro lado, se ha sabido que Brueckner está siendo investigado por una presunta agresión sexual contra una niña de nueve años ocurrida en Braunschweig, Baja Sajonia, en 2015. 

Brueckner insistió: "No tengo nada que ver con la desaparición de la niña. Me alegraría que Maddie apareciera mañana; entonces todo el mundo comprendería de inmediato que todo lo que hay en mi contra es y ha sido un montaje [...] Pero probablemente eso no suceda, así que sigo siendo el principal sospechoso".

Nota de Heriberto Janosch: Resulta muy extraño que policías que estaban buscando a Madeleine lo hayan detenido tres veces, y en ningún caso le hayan registrado el vehículo.

Tuesday, September 15, 2026

CASO LOAN PEÑA: ¿POR QUÉ PREFERIMOS UN CRIMEN TERRIBLE A LA POSIBILIDAD DE QUE UN NIÑO SIMPLEMENTE SE HAYA PERDIDO?

 


Cuando desaparece un niño necesitamos una explicación, y cuanto más tiempo pasa sin encontrarlo más difícil parece aceptar que quizá no exista detrás de su desaparición una historia extraordinaria, un secuestro cuidadosamente preparado, una red de trata, un accidente seguido de un encubrimiento, un grupo de personas que se pone de acuerdo para ocultar lo ocurrido o cualquier otra explicación que permita ordenar los hechos en una narración con culpables, motivos y acciones comprensibles. La posibilidad mucho más sencilla de que un niño pequeño se haya separado de los adultos, haya tomado un camino equivocado y se haya perdido por un descuido parece casi insoportable después de tantos meses, tantas noticias, tantos sospechosos y tantas horas de televisión. Sin embargo, que una explicación nos resulte psicológicamente insatisfactoria no significa que sea falsa, del mismo modo que una explicación compleja, terrible y llena de personajes sospechosos no se vuelve verdadera porque resulte más interesante. En el caso de Loan Peña hemos visto aparecer sucesivamente distintas explicaciones sobre lo ocurrido, algo que ya comenté en este blog al analizar qué estaba realmente probado y qué seguía necesitando explicación: se habló de trata, posteriormente de un supuesto atropellamiento y ocultamiento del niño y después de un plan previo de sustracción, y cada una de esas explicaciones fue presentada en distintos momentos con una fuerza que podía hacer pensar al público que finalmente se había encontrado la clave del caso. Pero las hipótesis cambiaron. Eso debería enseñarnos algo muy sencillo: una hipótesis de investigación, incluso cuando es considerada la mejor disponible por investigadores, fiscales o jueces en una determinada etapa, no es lo mismo que el hecho que finalmente ocurrió.

Existe además una razón por la cual las explicaciones más dramáticas tienen ventaja sobre las más sencillas: nosotros mismos las hacemos más atractivas. No hace falta suponer una conspiración de periodistas ni imaginar que alguien decide conscientemente engañar al público. La investigación sobre el funcionamiento de los medios muestra algo bastante más cotidiano. Harcup y O’Neill (2016), al estudiar qué convierte un acontecimiento en noticia, incluyen entre los valores que favorecen su selección la mala noticia, el conflicto, la sorpresa, el drama, la continuidad de una historia que ya está en los medios y, en el entorno digital, su capacidad para ser compartida. Una desaparición infantil que pudiera explicarse simplemente por un niño que se alejó demasiado y no consiguió regresar tendría una enorme importancia humana, por supuesto, pero proporciona pocos capítulos nuevos una vez relatada la desaparición y las búsquedas; en cambio una trama con sospechosos, declaraciones contradictorias, detenciones, supuestos pactos, vehículos sospechosos, llamadas telefónicas, perros, pruebas periciales y posibles encubrimientos puede producir novedades casi indefinidamente. No es necesariamente una decisión maliciosa del medio, es también la lógica de aquello que consigue mantener nuestra atención. 

Segado-Boj, Chaparro-Domínguez y González-Aguilar (2022), estudiando miles de publicaciones de diarios españoles en Facebook, encontraron precisamente que los artículos más compartidos presentaban significativamente más rasgos sensacionalistas. Tandoc (2014), observando directamente el funcionamiento de redacciones digitales, mostró además hasta qué punto las métricas de audiencia pueden incorporarse a las decisiones editoriales: los periodistas saben inmediatamente qué historias atraen tráfico, cuáles funcionan y cuáles dejan de hacerlo, y esa información puede influir en qué se destaca, cuánto tiempo permanece una noticia en portada o incluso qué titulares se utilizan. Los medios quieren que los veamos, los leamos y los escuchemos porque, entre otras cosas, viven de tener audiencia; pero sería demasiado fácil culpar únicamente a los medios, porque también nosotros hacemos clic.

De hecho, quizá ésta sea una de las partes más incómodas del problema. Trussler y Soroka (2014) encontraron que las personas podían manifestar que querían menos noticias negativas y, sin embargo, cuando tenían que elegir realmente qué leer, seleccionaban con mayor frecuencia contenidos negativos. Dicho de una manera mucho más sencilla: podemos decir que estamos cansados del horror y al mismo tiempo prestar más atención al horror. Esto no demuestra específicamente que ante la desaparición de un niño prefiramos creer en un secuestro antes que en un extravío, porque ésa no era la pregunta de su investigación, pero sí muestra un mecanismo que puede ayudarnos a comprender por qué determinadas explicaciones tienen más facilidad para capturar nuestra atención. A ello puede sumarse otro fenómeno estudiado por Hart y sus colaboradores (2009): una vez formada una opinión tendemos, en promedio, a elegir información compatible con aquello que ya creemos antes que información que lo contradice. Así se puede formar un círculo bastante difícil de romper. Si una persona llega a convencerse de que Loan fue víctima de una organización criminal, tenderá a considerar especialmente importantes las noticias que refuerzan esa posibilidad; si otra está convencida de la culpabilidad de determinadas personas, las contradicciones, llamadas o movimientos de esas personas adquirirán inmediatamente un significado incriminatorio; y si aparece un dato que no encaja bien, siempre puede parecer menos importante que los muchos datos que sí parecen encajar. No necesitamos hacerlo conscientemente. Ésa es precisamente la dificultad de los sesgos cognitivos: no consisten necesariamente en mentir, sino en mirar una realidad ambigua desde una explicación que ya hemos adoptado.

Y aquí aparece la pregunta quizá más delicada: ¿puede suceder lo mismo dentro de una investigación policial? Puede suceder, porque policías, fiscales y jueces son seres humanos y tampoco están inmunizados contra estas formas de razonamiento. Meterko y Cooper (2021), después de revisar treinta investigaciones científicas sobre sesgos cognitivos en la evaluación de casos criminales, concluyeron que tanto personas comunes como profesionales de las fuerzas de seguridad pueden ser vulnerables al sesgo de confirmación. Este sesgo, explicado sin terminología psicológica, consiste en algo muy sencillo: cuando comenzamos a creer que una explicación es correcta prestamos más atención a aquello que la confirma, podemos interpretar de acuerdo con ella datos ambiguos y corremos el riesgo de dar menos importancia a aquello que la contradice. Ask y Granhag (2005) estudiaron precisamente este problema en investigadores criminales y señalan otro concepto especialmente relevante, la necesidad de cierre: la necesidad de llegar a una respuesta y dejar de vivir en la incertidumbre. La presión temporal y la exigencia de tomar decisiones pueden favorecer ese cierre; una vez adoptada una primera explicación, existe el peligro de buscar sobre todo aquello que permita confirmarla. Esto no significa que los investigadores del caso Loan hayan actuado de esa manera y sería incorrecto utilizar investigaciones generales para diagnosticar a personas concretas que esos autores jamás estudiaron. Significa simplemente que es una posibilidad conocida científicamente y que precisamente por eso una buena investigación debería hacer algo incómodo pero imprescindible: intentar demostrar que su propia hipótesis es falsa, buscar aquello que no encaja, mantener abiertas explicaciones alternativas y preguntarse continuamente qué dato esperaríamos encontrar si nuestra explicación estuviera equivocada.

También conviene evitar otra simplificación: hablar de “la policía” como si decidiera autónomamente qué historia quiere demostrar. La investigación de Mariana Gutiérrez (2022) sobre la investigación criminal federal en Argentina muestra un sistema bastante más complejo, donde policías, fiscales y jueces interactúan, donde existe discrecionalidad pero también instrucciones y controles y donde las decisiones de los operadores judiciales pueden estar influidas por demandas procedentes del gobierno y de la opinión pública. La autora señala además la influencia que pueden tener las presiones de los medios de comunicación. Esto permite reformular la pregunta. Quizá no debamos preguntar simplemente si “la policía quiere resolver rápido”, sino qué ocurre cuando todo un sistema necesita una respuesta rápida: la familia necesita saber, la sociedad exige explicaciones, los periodistas necesitan novedades, las autoridades necesitan mostrar resultados, los investigadores necesitan decidir dónde emplear recursos limitados y los jueces y fiscales tienen que tomar decisiones procesales. En ese ambiente, admitir durante mucho tiempo “todavía no sabemos qué ocurrió” resulta extremadamente difícil. Y, sin embargo, a veces ésa puede ser la respuesta más rigurosa. La incertidumbre no vende bien, no tranquiliza a la sociedad y tampoco proporciona la sensación de eficacia que esperamos de las instituciones, pero ninguna de esas cosas convierte una hipótesis en verdadera.

En la resolución del Juzgado Federal de Goya de diciembre de 2024 aparece con claridad la posición de la acusación: se consideró que Loan no se había extraviado y que los elementos reunidos apoyaban una sustracción y posterior ocultamiento. Entre los elementos valorados aparecen los extensos rastrillajes realizados sin hallar al niño y diferentes indicios y comportamientos considerados compatibles con la hipótesis acusatoria. Es importante decirlo porque sostener que el extravío sigue mereciendo consideración no exige ocultar que existe una explicación judicial diferente, ni ignorar las pruebas utilizadas para apoyarla. Pero también es importante recordar qué significa cada cosa. Que un rastrillaje no encuentre a una persona reduce la plausibilidad de determinados recorridos o lugares y constituye un dato que debe ser valorado, pero no transforma por sí solo la ausencia de hallazgo en prueba directa de una sustracción. Del mismo modo, una conducta extraña puede ser un indicio y una contradicción puede merecer investigación, pero ninguna de las dos cosas nos muestra directamente qué ocurrió con Loan en el momento en que dejó de ser visto. El propio expediente contiene versiones contrapuestas sobre aquel tramo fundamental de los acontecimientos, y precisamente por eso resulta tan importante no confundir una reconstrucción posible con una observación del hecho. En una investigación criminal casi nunca observamos el delito directamente: reconstruimos lo sucedido a partir de rastros, declaraciones, conductas y pericias. Cuanto más ambigua sea una pieza de información, mayor debe ser el cuidado para no convertir “esto es compatible con mi hipótesis” en “esto demuestra mi hipótesis”.

Por eso creo que hay una hipótesis que ha quedado relegada no necesariamente porque haya sido definitivamente refutada, sino porque es la menos atractiva de todas: que Loan se haya perdido. No estoy diciendo que esto sea lo que ocurrió. Tampoco estoy diciendo que sea más probable que una sustracción, un accidente seguido de ocultamiento o la intervención de terceros (aunque nada de esto ha sido probado según tengo entendido). Estoy diciendo algo mucho más modesto y, precisamente por eso, más difícil de aceptar: hoy no sabemos con certeza qué ocurrió con Loan. Mientras una hipótesis no haya sido descartada mediante evidencia suficientemente concluyente y otra no haya sido demostrada de manera igualmente concluyente, una investigación orientada a averiguar la verdad debe conservar la capacidad de reconsiderarla. En ese sentido —como hipótesis de trabajo, no como hecho demostrado— que Loan se haya alejado y perdido accidentalmente sigue siendo hoy tan válida para ser examinada como cualquier otra explicación que todavía necesite ser demostrada. Que cientos de personas hayan buscado y no lo hayan encontrado es un dato contra esa posibilidad y debe ser tenido en cuenta; que una hipótesis de sustracción haya sido adoptada judicialmente es también un dato que no debe minimizarse; pero ninguna de esas cosas nos autoriza a sustituir la pregunta “¿qué ocurrió?” por la afirmación “ya sabemos qué ocurrió” antes de que las pruebas permitan hacerlo.

Tal vez el caso Loan nos esté mostrando además algo que va mucho más allá de esta tristísima desaparición. Ante un acontecimiento terrible queremos una historia completa y cuanto más incomprensible es lo sucedido más necesitamos encontrar causas, responsables y motivos. Los medios encuentran en esas historias drama, conflicto, sorpresa y continuidad; nosotros encontramos algo que mirar, discutir y compartir; los investigadores trabajan sometidos a la exigencia de producir respuestas y el sistema judicial necesita transformar incertidumbres en decisiones. Todos podemos terminar empujando, sin habernos puesto de acuerdo, en la misma dirección: hacia una historia cada vez más definida. Pero investigar no debería solamente significar construir la mejor historia, sino también intentar destruirla y comprobar si sobrevive. Si creemos que hubo una sustracción debemos buscar seriamente aquello que demostraría que no la hubo; si creemos que hubo un accidente debemos intentar demostrar que esa explicación es imposible; y si creemos que Loan simplemente se perdió debemos someter también esa hipótesis a la misma exigencia. La mejor hipótesis no es la más terrible, la más sencilla, la que más audiencia consigue ni la que permite cerrar antes un expediente. Es la que finalmente resiste mejor el intento de demostrar que es falsa. Hasta entonces, la frase menos espectacular puede seguir siendo la más honesta: todavía no sabemos qué pasó con Loan.


Bibliografía utilizada

Ask, K. y Granhag, P. A. (2005). Motivational Sources of Confirmation Bias in Criminal Investigations: The Need for Cognitive Closure. Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling, 2, 43-63.

Gutiérrez, M. (2022). ¿Quién conduce las investigaciones criminales? Discrecionalidad policial y delegación selectiva a nivel federal en Argentina. La Policía de Seguridad Aeroportuaria en perspectiva comparada (2005-2019). Tesis doctoral, Universidad Nacional de San Martín.

Harcup, T. y O’Neill, D. (2016). What is News? News Values Revisited (Again). Journalism Studies.

Hart, W., Albarracín, D., Eagly, A. H., Brechan, I., Lindberg, M. J. y Merrill, L. (2009). Feeling Validated Versus Being Correct: A Meta-Analysis of Selective Exposure to Information. Psychological Bulletin, 135(4), 555-588.

Meterko, V. y Cooper, G. (2021). Cognitive Biases in Criminal Case Evaluation: A Review of the Research. Journal of Police and Criminal Psychology.

Segado-Boj, F., Chaparro-Domínguez, M. Á. y González-Aguilar, J. M. (2022). Diarios españoles en Facebook y engagement: temas, valores noticiosos, sensacionalismo y reacciones emocionales. Estudios sobre el Mensaje Periodístico, 28(2), 417-431.

Tandoc, E. C. Jr. (2014). Journalism is twerking? How web analytics is changing the process of gatekeeping. New Media & Society.

Trussler, M. y Soroka, S. (2014). Consumer Demand for Cynical and Negative News Frames. The International Journal of Press/Politics, 19(3), 360-379.

Juzgado Federal de Goya (2024). Resolución 661/2024, causa FCT 2157/2024, “Benítez, Bernardino Antonio y otros s/sustracción de menores de 10 años”.

Espacio Exterior (2 de septiembre de 2026). Caso Loan Peña: qué está probado y qué todavía necesita explicación.

Monday, September 14, 2026

CASO LOAN PEÑA: HABLA EL DR. TITO GONZÁLEZ, UNO DE LOS ABOGADOS DE PÉREZ Y CAILLAVA

 

CASO LOAN PEÑA: "NO, NO ESTÁ PROBADO QUE LOAN ESTUVO EN LOS VEHÍCULOS DE PÉREZ Y CAILLAVA, NI TAMPOCO QUE EL BOTÍN FUE PLANTADO"

 

(Foto: El fiscal Carlos Schaefer)

Hay dos cosas en el caso Loan que durante mucho tiempo fueron repetidas, incluso por la fiscalía, casi como hechos probados: (a) que Loan estuvo en los vehículos de Carlos Pérez y María Victoria Caillava y (b) que el botín encontrado al día siguiente de la desaparición fue plantado para desviar la búsqueda. A mi juicio son, además, las dos piezas más fuertes de la acusación. Si uno pregunta qué hay de concreto, qué hay que vaya más allá de llamadas telefónicas, horarios, contradicciones, comportamientos extraños o personas que se conocían entre sí, siempre termina volviendo a esas dos cosas: los perros que supuestamente marcaron olor de Loan en la Ford Ranger y el Ford Ka, y el botín que supuestamente alguien llevó hasta el barro para hacerlo aparecer como una pista falsa. 

El problema es que, cuando uno mira esas dos pruebas con un poco más de atención, resultan bastante menos sólidas de lo que parecen cuando son resumidas en una frase de televisión. Y entonces aparece la pregunta que me parece central en este juicio: si la Fiscalía no consigue probar más allá de toda duda razonable que Loan estuvo en esos vehículos y que el botín fue plantado, ¿qué queda de la acusación? Mi impresión es que queda muy poco. Casi nada que permita explicar concretamente qué pasó con Loan.

Empecemos por los vehículos. No, no está probado —por lo menos no en el sentido en que algo debe estar probado para condenar a una persona— que Loan haya estado dentro de la camioneta Ford Ranger o del Ford Ka de Pérez y Caillava. Lo que existe es una pericia odorológica: se tomaron muestras de olor de los asientos traseros de ambos vehículos y los perros hicieron marcaciones positivas al compararlas con el olor que se utilizó como referencia de Loan. Eso es real, está en el expediente y obviamente es importante. La jueza que dictó el procesamiento llegó incluso a afirmar que Loan había estado en esos vehículos. Pero una resolución de procesamiento no es una condena y no exige el mismo nivel de certeza. El propio Ministerio Público explicó en esa resolución la diferencia entre prueba, presunción e indicio y sostuvo que estaba trabajando con un grado de “certeza relativa”, suficiente en aquella etapa para llevar a los acusados a juicio. Ahora la pregunta es otra: ¿alcanza esa pericia para afirmar, sin una duda razonable, que Loan estuvo físicamente dentro de esos vehículos?

Porque hay, además, un problema que no es menor: la cadena de custodia. El perito Mario Rosillo declaró que cuando fueron a tomar las muestras los vehículos estaban cerrados con llave, pero no estaban fajados; las llaves estaban bajo resguardo en la comisaría, y fue después de terminar el procedimiento cuando él mismo indicó a Maciel que colocara una faja de seguridad. También explicó que desde las oficinas de la comisaría no se podían ver los vehículos. Pero hay otro problema todavía más básico y que afecta directamente el valor de la odorología: ¿qué sabemos de la ropa de Loan que se utilizó como muestra de referencia para los perros? Rosillo no pudo precisar siquiera de dónde había salido exactamente esa prenda; declaró que la ropa había llegado supuestamente desde la comisaría, que no recordaba cuántas prendas eran y que otra perito le indicó cuál correspondía a Loan. Y el propio expediente dice que cuando la Justicia Federal secuestró elementos de la Comisaría de 9 de Julio encontró allí veinte prendas pertenecientes a Loan que no estaban debidamente preservadas y no tenían la correspondiente cadena de custodia. Es decir, no sólo hay preguntas sobre la preservación de los vehículos: tampoco aparece acreditada una cadena de custodia que permita saber con seguridad qué ocurrió previamente con la supuesta prenda de Loan utilizada para generar la muestra de referencia, quién la manipuló, con qué otras prendas estuvo en contacto o si pudo contaminarse. Y esto es especialmente importante porque toda la pericia consiste precisamente en comparar un olor recogido en los vehículos con un olor que se supone que pertenecía a Loan. Si no podemos estar seguros de la integridad de la muestra de referencia, los resultados de la pericia podrían no ser válidos. La cadena de custodia existe precisamente para que no tengamos que preguntarnos quién pudo acercarse a una evidencia, quién tuvo acceso a ella o qué pudo ocurrir antes de una pericia. Si una prueba va a ser utilizada para sostener algo tan importante como que un niño desaparecido estuvo dentro de dos vehículos, debemos tener en cuenta que las muestras de los vehículos y, sobre todo, la ropa de Loan utilizada para identificar su olor, debían seguir un protocolo que no se cumplió.

Por último, algo muy importante, este tipo de pericias odorológicas, correctamente hechas, y tomando todos los recaudos que indican los protocolos, solo arrojan resultados indiciarios que no demuestran por sí solos el hecho que se pretende probar.

Después está el luminol, que muchas veces se menciona junto con la odorología como si ambas cosas se confirmaran mutuamente. Hubo reacciones positivas en la camioneta y también en el Ford Ka, pero una reacción al luminol no significa automáticamente “sangre de Loan”. En la Ford Ranger se tomó una muestra del guardabarros derecho, la famosa muestra M10, y en un primer análisis apareció una mezcla de ADN con material correspondiente al menos a un varón; sin embargo, cuando esa muestra fue estudiada posteriormente no se consiguió obtener material genético analizable que permitiera identificar a Loan. El expediente dice además que no podía descartarse que las luminiscencias fueran sangre humana. “No puede descartarse” no significa “se comprobó”, y mucho menos significa “es sangre de Loan”. En otro tramo de la resolución la jueza enumera entre lo que llama “pruebas objetivas” la odorología, los daños de la camioneta, una testigo que dijo haberla visto lavar y esa posible sangre humana, pero reconoce allí mismo que no pudo obtenerse ADN de Loan. También sabemos que los daños de la camioneta no permitieron establecer fehacientemente qué objeto los produjo ni cuándo se produjeron. Todo puede resultar sospechoso, pero sospecha y prueba no son la misma cosa.

Esto es importante porque los indicios funcionan de una manera muy sencilla. Un indicio es un hecho que puede hacernos pensar que ocurrió otro hecho. Una camioneta lavada después de una desaparición puede parecernos sospechosa. Una contradicción puede parecernos sospechosa. Un viaje, una llamada telefónica o una relación entre distintas personas pueden parecernos sospechosos. Pero ninguna de esas cosas, por separado, demuestra necesariamente que Loan estuvo dentro de la camioneta. Y cuando se usan muchos indicios juntos hay que tener cuidado de no convertir varias sospechas en una certeza simplemente porque son muchas. Diez indicios débiles no se transforman mágicamente en una prueba fuerte. Para condenar, esos indicios tienen que encajar de una manera que permita explicar los hechos y, sobre todo, que deje sin una explicación razonable las alternativas. Precisamente por eso la discusión sobre la odorología es tan importante: porque no es un detalle más dentro del expediente. Es probablemente el dato que permite a la acusación pasar de una serie de circunstancias sospechosas a una afirmación muy concreta: “Loan estuvo en esos vehículos”. Si ese salto no puede hacerse con seguridad, buena parte de lo demás vuelve a ser lo que era originalmente: indicios y sospechas.

Con el botín ocurre algo muy parecido. También aquí se produjo con el tiempo una transformación curiosa: de “la Fiscalía sostiene que el botín fue plantado” pasamos casi sin advertirlo a “el botín fue plantado”. Pero cuando uno va al expediente encuentra algo bastante distinto. La propia resolución dice que hay “dos elementos que permiten sostener que la zapatilla fue plantada en el monte”. ¿Cuáles son esos dos elementos? El primero es que la perra Kira no logró reconstruir una trayectoria de Loan hasta el lugar donde apareció el botín. El segundo es que familiares y vecinos consideraban que el niño no podía haber llegado solo hasta allí y que, con la enorme cantidad de personas que lo estaban buscando, deberían haberlo encontrado si realmente hubiera estado perdido en esa zona. Ésos son los dos elementos que la resolución presenta inicialmente para sostener que el botín fue plantado. Son indicios. Pueden servir para construir una hipótesis. Pero no prueban que alguien haya llevado deliberadamente el botín hasta allí. Que un perro no reconstruya un recorrido no demuestra que ese recorrido nunca existió y que familiares o vecinos crean que un chico de cinco años no podía llegar a determinado lugar tampoco demuestra que no haya llegado.

Pero hay además un dato importante que suele desaparecer cuando se cuenta esta historia: Laudelina no salió de la nada y condujo a un grupo de personas hasta un punto elegido arbitrariamente para “encontrar” el botín. En esa zona ya se habían encontrado huellas. El propio expediente recoge que esas huellas habían sido localizadas durante la búsqueda por personas que estaban recorriendo el campo —entre ellas aparece mencionado “Pachucho” Moreira— y que Laudelina volvió posteriormente al lugar donde estaban esas huellas. Francisco Amado Méndez también declaró que encontró y siguió un rastro de una sola persona y que llegó a una zona de barro donde las huellas mostraban un cambio: aparecía un pie calzado y el otro descalzo. Otros testimonios describen la misma lógica de la búsqueda: si antes aparecían huellas con ambos pies calzados y después comenzaba a aparecer un pie descalzo junto a otro calzado, era razonable pensar que el calzado que faltaba podía haber quedado en el barro entre un punto y otro. Fue justamente por eso que comenzaron a buscar allí con palos hasta encontrar el botín. Es decir, había una razón concreta para buscar un calzado en ese sector que no dependía de saber previamente dónde estaba escondido. Esto no demuestra que las huellas fueran de Loan, ni demuestra que el botín hubiera quedado allí de manera natural, pero sí muestra que existe una explicación perfectamente sencilla para que quienes estaban buscando concentraran la búsqueda del botín precisamente en ese lugar.

Y esto cambia bastante la manera de interpretar algunos de los datos que la resolución presenta como sospechosos. Que Laudelina fuera hacia ese lugar no demuestra que supiera que el botín estaba allí: estaba volviendo al sitio donde se habían encontrado las huellas. Que allí se pusieran a buscar una zapatilla tampoco demuestra que supieran que había una zapatilla escondida: había un rastro que, según los propios testigos, pasaba de pies calzados a un pie calzado y otro descalzo. Incluso los testimonios sobre quién encontró físicamente el botín son contradictorios: algunos dicen que fue Laudelina, otros que fue Macarena, otros describen a varias personas buscando con palos mientras Maciel y Méndez estaban en el lugar. Tampoco hay una filmación de alguien llevando el botín hasta allí, ningún testigo que haya visto a alguien plantarlo ni una pericia que permita determinar cuándo llegó ese botín al barro. Hay circunstancias que la Fiscalía interpreta como indicios de que fue colocado deliberadamente. Pero nuevamente: un indicio no es automáticamente la prueba del hecho que queremos demostrar.

Y acá, para mí, está lo verdaderamente importante. Estas no son dos pruebas secundarias entre cien. Son probablemente las dos cosas más fuertes que tiene la acusación. La odorología es lo que permite afirmar que Loan habría estado en los vehículos. El supuesto botín plantado es una de las principales razones para afirmar que la búsqueda fue desviada deliberadamente y que el extravío fue una puesta en escena. El problema aparece si esas dos piezas no se prueban con la certeza necesaria. Porque entonces hay que mirar lo que queda sin ellas.

¿Y qué queda? Quedan llamadas telefónicas. Quedan horarios. Quedan contradicciones. Quedan explicaciones poco convincentes. Queda una camioneta que fue lavada. Quedan relaciones entre distintas personas. Quedan viajes posteriores. Queda gente que estuvo un tiempo sin ser ubicada claramente. Quedan comportamientos que pueden parecer extraños antes, durante o después de la desaparición. Todo eso merece ser analizado y todo eso puede servir como indicio. Pero ninguna de esas cosas nos dice dónde estuvo Loan después de desaparecer. Ninguna nos muestra quién lo tomó. Ninguna muestra a Loan entrando en la Ranger. Ninguna muestra a Loan pasando de la Ranger al Ford Ka. Ninguna explica dónde fue llevado. Ninguna muestra a alguien plantando el botín. Y, sobre todo, si quitamos la odorología como prueba de que estuvo en los vehículos y quitamos la afirmación de que la zapatilla necesariamente fue plantada, desaparecen precisamente los dos elementos que permiten conectar buena parte de esas conductas sospechosas con una historia concreta sobre lo que le pasó a Loan.

Por eso creo que hay que invertir la pregunta que normalmente se hace sobre este caso. No se trata de preguntar si determinadas conductas resultan raras o sospechosas. Se trata de preguntar qué está probado. ¿Está probado que Loan estuvo dentro de esos vehículos? ¿Está demostrado que el olor detectado por los perros sólo puede explicarse porque Loan estuvo físicamente allí, cuando hay problemas de cadena de custodia tanto con los vehículos como, todavía más importante, con la supuesta ropa utilizada como referencia? ¿Está probado que el botín fue llevado y colocado deliberadamente en el barro, cuando había huellas encontradas previamente que explican por qué se buscó un calzado exactamente en ese lugar? Ésa es la cuestión que tiene que resolver el juicio. Porque es la Fiscalía la que acusa y es la Fiscalía la que tiene que probar su historia más allá de toda duda razonable. Los acusados no tienen que demostrar qué ocurrió con Loan para ser absueltos. No tienen que resolver el caso. Si la acusación no consigue probar los hechos fundamentales de su propia teoría, alcanza con eso.